Las preguntas de Mathew son muchas y las respuestas de Nelson se resumen en pocas palabras secas que imponen sus propias leyes: los dos hombres tendrán que repartirse el territorio, malviviendo cada cual por su cuenta, y será Nelson quien decida cómo y cuándo intentarán dejar la isla, que pronto se convierte para Mathew en una prisión al aire libre, un lugar donde la culpa acecha y los recuerdos del ayer bailan suspendidos en el horizonte.