CONFESIONES INTIMAS DE UNA MUJER MARCADA (Spanish Edition)
Book Details
Author(s)GUILLERMO HONORATO VASQUEZ PEREZ
ISBN / ASINB005V0J8MA
ISBN-13978B005V0J8M9
Sales Rank2,012,802
MarketplaceUnited States 🇺🇸
Description
Esta increÃble historia de la vida de una mujer que ahora publico en este libro, ha permanecido guardada en viejos y amarillentos papeles por más de cuarenta años.
Ahora, después de tanto tiempo que ella hiciera llegar a mis manos este manuscrito, poco antes de morir, he decidido dar a conocer estas confesiones Ãntimas suyas, esperando que sirvan de ayuda a muchas mujeres que transitan por ese camino torcido de la vida, y de lección para todos aquellos que creen que no hay esperanza para cambiar la vida.
Bueno, todo comenzó en ese parque lleno de jardines a la orilla del rÃo en una noche tibia y tropical. Al recordarlo, me parece volver a sentir la brisa que aquella noche soplaba suavemente agitando nuestros cabellos. Vuelvo a sentir esa sensación de paz y bienestar que surge de la comunión de las almas.
Y eso es precisamente lo que sucedió, porque por varias horas ella habló derramando lágrimas, ya que recordarlo todo la llevaron a transitar nuevamente por el doloroso sendero de su amargo pasado.
Mientras ella hablaba con el corazón en la mano y el alma en los labios, yo la contemplaba en silencio. Sentada al extremo de la banca de piedra, el perfil de su rostro agudo y firme se destacaba claramente iluminado por la tenue luz del farol cercano. Era un rostro sin mente y sin tiempo. Yo la contemplaba en silencio, pensando cómo en pocos años su belleza se habÃa agostado tanto, pues la terrible enfermedad habÃa dejado sus huellas en su rostro antes hermoso. A veces, mientras hablaba, miraba sin ver las ondas cristalinas del arroyo cercano.
Su conversación fue una catarsis y una confesión que la pondrÃa en paz consigo misma y con Dios. Cuando calló se quedó pensativa y silenciosa, se dirÃa que se veÃa más limpia y transparente que hasta se le podÃa mirar el alma.
Al final de su vida, habÃa encontrado en mà a un amigo que desde que la conoció se interesó mucho por ella y que ahora la escuchaba con profundo interés.
Como teoterapeuta que era habÃa conocido mucho de su vida y siempre traté de ayudarla con todos los elementos posibles a mi alcance basados en la fuerza y el poder de la Palabra de Dios.
Ahora, después de conocer la terrible e irreversible enfermedad que la consumÃa y que ahora la condenaba a muerte, le habÃa pedido que pusiera en orden sus pensamientos y los registrara en unas cuantas cuartillas que me sirvieran de base para algún dÃa escribir una narración de su vida que fuera un mensaje para la posteridad. Me prometió hacerlo una vez que se internara en el hospital de donde sabÃa que no saldrÃa con vida, a fin de tener ocupado el tiempo que le quedaba. El hospital serÃa su último hogar y ella lo sabÃa, pero no tenÃa miedo. Estaba tranquila y conforme.
En ese rincón del parque permanecimos en silencio largo tiempo. Me sentÃa incapaz de sacarle de su introspección. Eso fue hace muchos años.
Después conversar tanto, esa noche la acompañé hacia aquella casa grande y antigua que era el Hospital de la Misericordia. HabÃa decidido ir con ella cuando se internara. Ella caminaba lentamente como si no quisiera llegar nunca, consciente de que cada paso le acercaba más a su destino final. Yo marchaba a su lado, también en silencio. Cada uno contábamos los pasos, yo para volverlos a andar, ella para no andarlos nunca jamás. Entraba morir. Asà me lo dijo con firmeza y con valor cuando llegamos a la puerta del hospital. Y yo no me animé a contradecirle.
Parados en la puerta, nos miramos a los ojos por unos segundos. Luego me dio un beso en la frente y sin decir nada, pues ya nada habÃa que hablar, entró resueltamente y comenzó a caminar por el largo corredor que se extendÃa delante suyo sin mirar atrás. Yo me quedé inmóvil en el umbral viéndola alejarse sin detenerse, su pequeña maleta al brazo, lentamente, lentamente. No regresó a mirar nunca hasta desaparecer en el fondo.
Hoy, después de tantos años y sin ser yo el jovencito que ella conoció y del cual se enamoró un dÃa, he vuelto a leer esos viejos papeles
Ahora, después de tanto tiempo que ella hiciera llegar a mis manos este manuscrito, poco antes de morir, he decidido dar a conocer estas confesiones Ãntimas suyas, esperando que sirvan de ayuda a muchas mujeres que transitan por ese camino torcido de la vida, y de lección para todos aquellos que creen que no hay esperanza para cambiar la vida.
Bueno, todo comenzó en ese parque lleno de jardines a la orilla del rÃo en una noche tibia y tropical. Al recordarlo, me parece volver a sentir la brisa que aquella noche soplaba suavemente agitando nuestros cabellos. Vuelvo a sentir esa sensación de paz y bienestar que surge de la comunión de las almas.
Y eso es precisamente lo que sucedió, porque por varias horas ella habló derramando lágrimas, ya que recordarlo todo la llevaron a transitar nuevamente por el doloroso sendero de su amargo pasado.
Mientras ella hablaba con el corazón en la mano y el alma en los labios, yo la contemplaba en silencio. Sentada al extremo de la banca de piedra, el perfil de su rostro agudo y firme se destacaba claramente iluminado por la tenue luz del farol cercano. Era un rostro sin mente y sin tiempo. Yo la contemplaba en silencio, pensando cómo en pocos años su belleza se habÃa agostado tanto, pues la terrible enfermedad habÃa dejado sus huellas en su rostro antes hermoso. A veces, mientras hablaba, miraba sin ver las ondas cristalinas del arroyo cercano.
Su conversación fue una catarsis y una confesión que la pondrÃa en paz consigo misma y con Dios. Cuando calló se quedó pensativa y silenciosa, se dirÃa que se veÃa más limpia y transparente que hasta se le podÃa mirar el alma.
Al final de su vida, habÃa encontrado en mà a un amigo que desde que la conoció se interesó mucho por ella y que ahora la escuchaba con profundo interés.
Como teoterapeuta que era habÃa conocido mucho de su vida y siempre traté de ayudarla con todos los elementos posibles a mi alcance basados en la fuerza y el poder de la Palabra de Dios.
Ahora, después de conocer la terrible e irreversible enfermedad que la consumÃa y que ahora la condenaba a muerte, le habÃa pedido que pusiera en orden sus pensamientos y los registrara en unas cuantas cuartillas que me sirvieran de base para algún dÃa escribir una narración de su vida que fuera un mensaje para la posteridad. Me prometió hacerlo una vez que se internara en el hospital de donde sabÃa que no saldrÃa con vida, a fin de tener ocupado el tiempo que le quedaba. El hospital serÃa su último hogar y ella lo sabÃa, pero no tenÃa miedo. Estaba tranquila y conforme.
En ese rincón del parque permanecimos en silencio largo tiempo. Me sentÃa incapaz de sacarle de su introspección. Eso fue hace muchos años.
Después conversar tanto, esa noche la acompañé hacia aquella casa grande y antigua que era el Hospital de la Misericordia. HabÃa decidido ir con ella cuando se internara. Ella caminaba lentamente como si no quisiera llegar nunca, consciente de que cada paso le acercaba más a su destino final. Yo marchaba a su lado, también en silencio. Cada uno contábamos los pasos, yo para volverlos a andar, ella para no andarlos nunca jamás. Entraba morir. Asà me lo dijo con firmeza y con valor cuando llegamos a la puerta del hospital. Y yo no me animé a contradecirle.
Parados en la puerta, nos miramos a los ojos por unos segundos. Luego me dio un beso en la frente y sin decir nada, pues ya nada habÃa que hablar, entró resueltamente y comenzó a caminar por el largo corredor que se extendÃa delante suyo sin mirar atrás. Yo me quedé inmóvil en el umbral viéndola alejarse sin detenerse, su pequeña maleta al brazo, lentamente, lentamente. No regresó a mirar nunca hasta desaparecer en el fondo.
Hoy, después de tantos años y sin ser yo el jovencito que ella conoció y del cual se enamoró un dÃa, he vuelto a leer esos viejos papeles
